La Reforma Universitaria
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Quedaba así definitivamente avasallada la vieja universidad, para ser suplantada por la nueva, la que se plasmaba como una resultante del medio, la que se erigía como un regulador de la sociedad, la que viviría, en fin, según el concepto vigorosamente impuesto de la función social.
Apuntemos los hechos culminantes. A fines del año 1917 fueron las primeras manifestaciones de descontento, a raíz de la supresión del Internado de los estudiantes de medicina en el Hospital de Clínicas. Al inaugurarse los cursos de 1918, las protestas se concretan y se amplían. El Consejo Superior no cede, muy lejos de suponer que aquello era un síntoma de algo más grave. Se decreta el fin de la huelga general, la inquietud sube de punto y tiene que venir la intervención nacional, a cargo del Doctor José Nicolás Matienzo. El interventor no presumió tampoco la profundidad del conflicto y la naturaleza del descontento, y se redujo a reformar los estatutos de acuerdo con los que requerían en la universidad más moderna: la de La Plata.
La intervención dejó montado el nuevo mecanismo, que satisface a los alumnos, y se realiza con todo entusiasmo la campaña para la elección de las nuevas autoridades, de rector abajo. La agitación con tal objeto se efectúa hasta ese momento dentro de los círculos universitarios, sin dar intervención a la colectividad.
Llega el 15 de Junio, día de la elección, y la tendencia estudiantil es derrotada. La juventud despierta entonces a la realidad de un problema que ella había planteado sin conocer el verdadero valor de sus términos, y a la verdad del momento que vivía. Si reformados los estatutos de acuerdo a sus aspiraciones eran igualmente derrotados, ¿dónde residía el mal? Si la modificación de los mismos no daba el triunfo al nuevo espíritu que aquellos encarnaban ¿qué era necesario hacer? Si a pesare de su campaña llevada con los mejores auspicios, caían vencidos ¿qué medios era menester emplear?
El mal no estaba en los malos estatutos, sino en la tendencia, en el régimen, en los hombres que denominaban en la universidad y fuera de ella. La reforma de los estatutos no podía ser todo el fin del movimiento; había vicios más hondos, que escapaban a un programa basado únicamente en ello. Los medios empleados, las fuerzas puestas en juego, eran insuficientes. Los estudiantes solos no vencían jamás, porque la profundidad de aquellos males exigían la intervención de otros elementos, de otras fuerzas.
Para decirlo de una vez, los estudiantes fueron derrotados porque no habían acudido al seno de la sociedad, que era la que en realidad planteara el problema por intermedio de ellos Instantáneamente lo comprendieron y fueron al seno de la colectividad. Hablaron al país, a la América toda. Ampliaron el horizonte, enarbolando ideales más compresivos; fueron en fin, al fondo de la cuestión, al problema social que le momento histórico por que atravesaba el país y el mundo, tenían enunciado. Todo lo dice el manifiesto que después del 15 de junio, dirigieron: “a los hombres libres de Sud América”. Entonces gritaron: “Estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.
Observándose lo que era la Reforma Universitaria, cómo se iniciaba y cuál era el tono de su primer vagido Pero aún agregaban”: la redención espiritual de las juventudes americanas es nuestra única recompensa, pues sabemos que nuestras verdades los son -y dolorosas- de todo el Continente”.
Llegaron desde ya a concretar algunos postulados, y así hablaron con rabia y con desprecio, del “arcaico y bárbaro concepto de autoridad”. Lanzaron su desafío al Orden, así, en genérico, y como sinónimo de opresión, porque -decían- “si en nombre del Orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho sagrado de insurrección”. Señalaron con índice acusador, como al mal comprensivo de todos, al clericalismo: “no podíamos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta religiosa”, “y entonces dimos la única lección que cumplía y espantamos para siempre la amenaza del dominio clerical”. Por cierto que resultó justa esta aventurada afirmación, porque en todo el transcurso de la cruenta jornada, fue el clericalismo su enemigo más tenaz, el único quizás que tuvieran, porque es el parásito odioso que se prende con saña a todo retoño de libertad y de progreso.
Estos fueron los postulados primeros de la Reforma Universitaria, y los que hasta hoy perduran y se imponen como puntos del verdadero y genuino programa reformista, abrazado al nacer por la nueva generación. No faltó por supuesto, el que hoy es el eje del movimiento dentro de la universidad, es decir, la injerencia de los estudiantes en el gobierno de la casa. Reclamamos -se dijo en la primera hora- “un gobierno estrictamente democrático, sosteniendo que el “demos” universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio, radica principalmente en los estudiantes”.
Así comprendida la situación, así interpretando el movimiento histórico, se lanzaron a la calle a realizar su prédica, a vivir su vida, a entregarse en brazos del pueblo que los esperaba Así se inició en la vida nacional la nueva generación, saliendo de las aulas en son de franca rebeldía y de protesta contra la universidad que pretendía amamantarlos con una ideología exhausta, agitada por una honda inquietud renovadora y encendiendo los ideales imperecederos de libertad y redención para los hombres.
Descargar el Manifiesto Liminar redactado por los estudiantes reformistas


