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La Reforma Universitaria

  • ¿Qué significo la Reforma Universitaria?

    Córdoba era la típica ciudad colonial americana. Fundada en 1573 por Jerónimo Luis de Cabrera, ya tenía Universidad en 1614, la cual le ha prestado su sello peculiar. La Universidad era medieval y monástica, retrógrada e indiferente a la vida, sujeta a latines y silogismos. Se regía por académicos ad vitam ” que confundían el reparto de prebendas con la misión docente”. Esto en 1918, cuando las circunstancias ya estaban cambiando en el mundo y en nuestro propio país.

    Tres acontecimientos importantes van a permitirnos cierta precisión del ambiente en el que se desarrolló la Reforma Universitaria: a) la Primera Guerra Mundial, que hizo comprender a muchos el por qué de las luchas antimperialistas que se repartían mercados lo mismo que triunfos bélicos; b) la Revolución Socialista Soviética de 1917, que llevó por primera vez al poder en un Estado moderno a un partido bolchevique; c) el gobierno radical de la Argentina, elegido en 1916 por el sistema de la ley Sáenz Peña (de sufragio universal, secreto y obligatorio), que trajo al plano político a la clase media en la persona del caudillo Hipólito Irigoyen.

    Nuestro país quería dejar de ser únicamente feudo de estancieros y terratenientes, y comenzaban a advertirse grietas en su estructuras pastoril hasta entonces inconmovible: no bien se desplazó a ciertas fuerzas reaccionarias de algunos puestos oficiales, éstas fueron a refugiarse a la Universidad para reafirmarla en su condición de reducto conservador. Los académicos de Córdoba eran fieles representantes de su clase y de sus intereses: “designaban profesores de entre sus familiares o allegados, confeccionaban los planes de estudios, controlaban la formación de las nuevas generaciones para mantenerlas sujetas a las cadenas semifeudales”.

    Los estudiantes que se decidieron a librar la batalla contra la ciencias anquilosada y los viejos dómines, tenían la sensación de estar “viviendo una hora americana”, de estar “pisando una revolución”. El país se llenó de sus gritos, de sus discursos, de sus tribunas, de sus declaraciones. Las fuerzas populares en general dieron apoyo al movimiento; gran parte de la prensa se puso a su servicio; el gobierno lo toleró quizás por entender que iba también contra las fuerzas que él mismo combatía.

    Como de costumbre, pequeñas causas en apariencia produjeron grandes efectos: la supresión del internado en el hospital universitario de Córdoba provocó la declaración de huelga en toda la Universidad, el 31 de marzo de 1918. Se llegó a solicitar, en ambiente caldeado, la intervención del gobierno nacional. El enviado, José N. Matienzo, confirmó las denuncias estudiantiles sobre el estado de cosas, y propuso algunas reformas. Ello no pareció importar demasiado a los profesores reaccionarios, que se reunieron para elegir rector en el Salón de Grados de la Casa de Trejo; antes de que se consumase los estudiantes se apoderaron del Salón, de la Universidad, y arrojaron de ella a los vetustos profesores. Nueva huelga general universitaria: 15 de Junio de 1918.

    La organización estudiantil centralizada y lo popular de su causa permitieron este golpe de audacia. El gobierno vacila, pues comprende que una nueva intervención tendrá que dar amplio cumplimiento a los pedidos estudiantiles. Se viven meses agitados, prueba de la madurez alcanzada por la lucha. El 15 de agosto, los muchachos voltean la estatua de un tal Sr. Garcia, cercana a la Universidad, y colocan un cartel: ” En el país faltan estatuas, sobran pedestales”. El morado de las casullas de los obispos, que los enfervorizados estudiantes cordobeses enarbolaban como trofeos, pasó a ser desde entonces el color distintivo del movimiento. Se reanudan parcialmente algunos cursos, pero los estudiantes se acantonan y resisten a las fuerzas policiales: sólo el ejercicio los sacará de la Universidad. Uno de los líderes estudiantiles, Enrique Barros, es traicioneramente golpeado: el país entero se indigna. El interventor es nada menos que el doctor José S. Salinas, ministro de Justicia e Instrucción Pública del gabinete de Irigoyen lo que demuestra la importancia nacional que había adquirido el conflicto. Se suscribe un decreto de reformas el 12 de octubre de 1918. La primera batalla se había ganado y quedaba en las jóvenes conciencias el convencimiento (que a veces se olvidó, que a veces se dificultó intencionalmente) de que los movimientos importantes en la historia patria no se logran si no van del brazo todas las fuerzas progresistas del país. Ya se comprobaban las certeras palabras de Deodoro Roca, una de las figuras más serias de este difícil tiempo nuevo”: “No existe la dualidad del universitario y del ciudadano. El puro universitario es una monstruosidad”.

    De Córdoba al País

    La Reforma prendió rápidamente en Buenos Aires y La Plata, y luego se extendió por toda América Latina. “Desde esta etapa inicial del movimiento, los estudiantes actúan estrechamente unidos a todos los sectores progresistas, y en especial, al movimiento obrero, comienzan a precisar su contenido social, tanto en los programas como en la acción Comprueban sus condiciones lamentables de vida y de trabajo, tan alejadas, sobre todo en el interior, de ese standard elevado que los turistas imaginan porque ven por las calles obreros más o menos bien vestidos. Los estudiantes apoyan los movimientos huelguistas de los obreros; participan con las organizaciones proletarias en comités de lucha contra la ley de residencia y la llamada defensa social; bregan en conjunto por las libertades públicas; actúan en común con las organizaciones populares en las reclamaciones contra la carestía de la vida”.